Donde la vida insiste: sabiduría local desde Hidalgo

Por Acento. Acción local:

Di RAMONA, A.C.

Empieza todos los lunes a las 9 de la mañana, recién cuando las bandejas de entrada de Di RAMONA se abren y los mensajes comienzan a llegar:

Una persona que no sabe si está embarazada. Otra que no sabe qué hacer tras descubrir llagas en sus genitales. Alguien que ya decidió interrumpir su embarazo, pero no sabe cómo ni con quién. Alguien más a quien el miedo le paraliza hacerse una prueba rápida de VIH después de sufrir violencia sexual. Otra persona que ya abortó, pero vive en un territorio tan aislado que acceder a atención médica ante una posible complicación parece imposible.

Desde este lado de la pantalla —y muchas veces también desde una silla en una sala de hospital— aprendimos algo que ningún manual nos enseñó: las respuestas rara vez vienen de los protocolos o de las instituciones. Tampoco llegan completamente desde organizaciones nacionales o movimientos sociales.

Las respuestas nacen en las personas que acompañamos, en sus historias, en las redes que se tejen cuando todo lo demás falla.

Para nosotres, eso es la sabiduría local. Es más que conocimiento: es una práctica viva. Es saber qué decir cuando alguien tiene miedo, reconocer cuándo el silencio acompaña más que las palabras, conocer los caminos —legales, médicos, comunitarios— que sí funcionan en un territorio y abrir otros cuando es necesario. Es también entrar al sistema para empujarlo, exigirle y dejar huella más allá de los casos que acompañamos directamente.

Es, en muchos sentidos, una forma de resistencia frente a sistemas sostenidos por el estigma, el castigo y la culpa como mecanismos para limitar la autonomía.

Porque en lugares como Hidalgo, donde el derecho al aborto existe en papel y el tratamiento para el VIH está institucionalizado, la distancia entre la ley y la vida cotidiana es profunda. Y en ese espacio, la sabiduría local no es opcional: es lo que hace posible ejercer derechos.

Lo que la práctica nos ha enseñado

En Di RAMONA no empezamos con respuestas. Empezamos con preguntas: ¿Cómo acompañar sin invadir? ¿Cómo sostener decisiones que no son las nuestras? ¿Cómo abrir camino donde no lo hay?

Con el tiempo entendimos que el conocimiento más valioso no está afuera, está en las experiencias de las personas a quienes acompañamos. Cada historia enseña algo distinto. También confronta, obliga a revisar nuestros propios estigmas y a construir respuestas que no existían antes.

Aprendimos que el miedo no se disuelve solo con información, que necesita presencia y cuidados. Que la autonomía no es un discurso: es una práctica que se construye paso a paso, muchas veces desde la duda y la contradicción. Que el sistema de salud puede ser un espacio de violencia, pero también un lugar donde existen resistencias que merecen ser acompañadas, y que navegarlo es, en sí mismo, un conocimiento colectivo.

La sabiduría local aparece en los detalles: en cómo explicamos procesos, en cómo traducimos lo técnico, en cómo sostenemos decisiones cuando todo alrededor insiste en negarlas. También aparece en lo que ajustamos y desaprendemos, porque acompañar no es replicar recetas: es escuchar lo que el territorio está diciendo, incluso cuando incomoda.

Lo que hemos construido desde el territorio

Nada de lo que hacemos nació como un “proyecto” en el sentido tradicional. Todo surgió de la urgencia. Se gestó de personas sin acceso a información clara. De hospitales que negaban servicios. De contextos donde el estigma pesa más que la ley.

Así empezamos a construir: una línea telefónica que informa pero también sostiene; acompañamientos que continúan hasta que la persona está segura y cuidada; procesos de monitoreo ciudadano para entender qué ocurre realmente dentro de los servicios de salud; y puentes con profesionales y personas tomadoras de decisión dispuestas a hacer las cosas distinto.

Pero, sobre todo, construimos algo más difícil de medir: confianza.

Confianza en que hay otras formas de hacer las cosas. Confianza en que nadie está completamente sola. Confianza en que decidir sobre el propio cuerpo es posible, incluso en contextos adversos.

Y generar esa confianza también es una solución, aunque no siempre encaje en los indicadores tradicionales.

El acompañamiento que potencia sin sustituir

En este camino no hemos estado soles. Pero tampoco hemos sido reemplazades. Y eso importa. El acompañamiento de Acento no ha sido el de quien cree llegar con respuestas, es más el de quien reconoce que éestas ya existen en el territorio. Ha sido un espacio para pausar y pensar lo que hacemos —algo difícil cuando se vive en la urgencia constante—, para fortalecer procesos sin perder su raíz y para nombrar lo que intuíamos, pero no siempre sabíamos explicar.

Muchas veces el riesgo del “apoyo” externo es borrar lo que ya funciona: imponer tiempos, lenguajes, prioridades o incluso agendas. Aquí ha sido distinto. Se ha tratado de sostener, confiar y amplificar sin sustituir. En ese gesto también hay una forma de sabiduría.

Lo que sigue latiendo

Si algo hemos aprendido es que las soluciones no son estáticas: se transforman y se adaptan. Pero hay algo que permanece: la certeza de que los territorios sabemos.

Que incluso en contextos adversos, las comunidades encontramos formas de cuidarnos, acompañarnos y resistir. Y también de exigir que esas respuestas sean sostenidas: con recursos, con confianza y con decisiones que pongan el poder en quienes estamos todos los días en el territorio.

Este texto es una invitación a mirar de cerca esas formas de hacer que rara vez se visibilizan, que casi nunca se remuneran, pero que sostienen lo esencial. A reconocer que aquí —en lo cotidiano, en lo colectivo y en lo situado— existen respuestas que merecen ser escuchadas y financiadas.

El Informe Anual 2025 de Acento abre un espacio para que estas experiencias dialoguen con otras. Para entender que la sabiduría local no es aislada, sino parte de una red más amplia de prácticas que, desde distintos territorios, estamos imaginando y construyendo otros futuros posibles.

Nosotres hablamos desde Hidalgo, desde lo que hemos visto, sostenido y aprendido. Y quizá, al leernos entre territorios, podamos seguir ampliando eso que ya sabemos —aunque a veces olvidemos nombrarlo—: que las respuestas también nacen aquí, en lo local.



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